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Eru — "El elfo que... aaaa... no se me ocurre ninguna cosa épica... ¡aguacate!"

31 de octubre de 2020 de calendario gregoriano elioniano el que sea

Era una tarde de lluvia en una de las ciudades más concurridas de todo el continente: Heidel, la capital de Serendia. La muchedumbre corría para refugiarse debajo de cualquier techo que hubiera mientras el chaparrón empapaba las calles. Unos tenían donde cobijarse; sin embargo, otros no lo tenían tan fácil.

Recién había llegado a la ciudad una persona encapuchada que portaba un arco casi tan alto como él a la espalda. Llevaba ropa oscura, con una capa decorada como si fuesen plumas de cuervo. Ante la lluvia no corría, caminaba mirando a todos lados para ubicarse en esa ciudad que no era la suya, suponiendo que él acaso sintiera que realmente existía una a la que llamar hogar.

Encontró por fin el lugar donde había quedado: la taberna de Heidel. Quería ver a un amigo de hace mucho, mucho tiempo: un hombre gigante, por supuesto incluso más alto que él y más fornido, un bárbaro que portaba dos hachas a la espalda (un berserker). El encapuchado caminó hacia la barra de la taberna, donde estaba apoyado su amigo. Sus pasos quizá eran un tanto más gráciles que los de los hombres de aquel lugar, y parecía estar comprobando cada pisada como si en vez de parqué estuviese andando sobre un terreno boscoso, aunque también era posible que simplemente quisiera ser lo menos patoso posible. Fue a sentarse al lado de su amigo mientras alzaba mínimamente la manita como si le costase.

—Hey —saludó el encapuchado esbozando una pequeña sonrisa tímida. Su voz resonaba con cierto acento de muy lejos, más melódico y agradable de lo esperado.

—¡Ah! ¡Eru! —El gigante bárbaro ya portaba una jarra de cerveza en la mano y, como siempre, se mostraba animado y de buen humor ante su amigo. Posó la mano en la espalda del recién llegado con entusiasmo, a su juicio, flojo para no troncharle. Ese chico era más menudo que él —¡Cuánto tiempo sin vernos, chaval! 

El encapuchado llamado Eru hizo un gesto de queja al recibir la palmada en la espalda de su amigo gigante. Debajo de su capucha se escuchó un pequeño “auch”. Entonces el gigante rió e hizo una seña a la camarera que atendía ese día:

—¡Ponle una rubia a este rubio!

La camarera en seguida volvió y dejó en la mesa frente al encapuchado una espumosa cerveza bastante apetitosa.

—Aaaaa… Gracias —agradeció en voz baja, sonriendo bajando la cabeza, justo antes de que la camarera se fuera. Probablemente ni le oyó.

—¡Quítate la capucha, hombre! ¡Estás todo empapado!

El tal Eru dirigió una mirada a su amigo. Se llevó las manos a la capucha y la bajó, mostrando entonces su aspecto. En apariencia era un chico que podría tener unos 20 años, aunque seguramente eso estaba lejos de ser cierto, pues sus orejas acababan en punta. Era un elfo, “luthragon”, o al menos era así cómo se hacían llamar los de su facción. Era muy pálido, con ojos de un intenso color azul celeste que podían dirigir una expresiva mirada desde la más perdida del mundo hasta la más fija y enfocada en una presa; y era rubio, con un largo y sedoso cabello que en lugares cerrados como ese se oscurecía sin destacar especialmente, pero seguramente a la luz del sol brillaba con un tono más dorado. Aun siendo lacio, Eru hacía tantos gestos nerviosos que era un cabello que hacía formas de lo más curiosas. A un lado en su nariz había un aro como piercing, aunque no parecía hecho por ningún especialista, parecía más bien casero, como si por alguna razón se lo hubiera hecho él mismo hace ya mucho tiempo. Eru era de complexión delgada, aunque, por otro lado, el músculo se le marcaba de forma sutil, seguramente gracias a sus viajes y por usar ese arco tan grande que portaba. Además, por extraño que suene, de vez en cuando su cuerpo soltaba chispas de un luminoso color amarillo, incluso había ocasiones en las que empezaba a brillar con cierta calidez especial. Según quién se diría que era alguien con un atractivo ciertamente particular, no destacaba a la manera que otros hombres del continente quizá… pero la belleza élfica era indiscutible, aunque él mismo muchas veces por sus gestos lo escondía, bajando la cabeza por la timidez, aprovechando el largo flequillo peinado a un lado para taparse parte del rostro, como estaba haciendo en ese preciso instante hacia su amigo.

—Aaaaa… ¿así?

—¡Mucho mejor! ¡Así atraes a alguna moza!

Eru se avergonzó, se le enrojecieron las mejillas mientras sacudía la cabeza mirando al bárbaro.

—¡Bermer, no atraigo…!

El gigante Bermer bebía de su jarra de cerveza mientras miraba a Eru alzando una ceja. Dejó el trago para dirigirle una sonrisa divertida.

—¿Acaso eres de la otra acera? ¿O es que los elfos realizáis la fotosíntesis?

—¿Eh? ¿De la otra acera? —Eru arqueó una ceja claramente sin entender bien el significado de eso. Se quedó pensativo ante lo último hasta que abrió más los ojos dándose cuenta de lo que hablaba y frunció el ceño —¿"Fotosíntesis"? ¿Acaso sabes lo que eso significa?

—Pues… no – reconoció Bermer con una sonrisa tonta, – pero seguro que como te van las hierbas, haces lo mismo que ellas para estar a gusto~ —y empezó a soltar una estruendosa carcajada.

—Aaaa… ¡Yo no hago eso! —aseguró Eru, apretando los labios, avergonzado mientras le miraba reírse. Al rubio se le empezaron a mover las orejas involuntariamente. De vez en cuando le entraba un tic en ellas. Esas orejas estaban locas.

Bermer le dirigió una sonrisa cómplice y Eru sacudió la cabeza dando un suspiro. El elfo decidió pegarle un buen trago a su cerveza. Le gustaba mucho esa bebida. Desde que la descubrió hace décadas se aficionó a visitar las tabernas de prácticamente todo el continente. Pero había algo que le encantaba más. En seguida sacó del bolsillo un fruto verde oscuro y arrugado. Sacó un cuchillo y lo partió por la mitad, mostrando su interior verde claro y una pepita enorme. Era un aguacate, su particular manjar de los dioses. Posiblemente Elyon, Sylvia, Aal y hasta el mismísimo Kzarka se habían puesto de acuerdo para crear semejante festín… o al menos era así como él lo veía. Comía del fruto animadamente, feliz, más sonriente. Se mostraba esa parte dulce de aquel chico sin que él se diera cuenta.

—Sí que te gusta esa pepita verde… ¿Te acuerdas cuando te regalé ese aguacate por la fiesta del Yule? —recordó Bermer volviendo a pasar su brazo por la espalda de Eru, como buenos colegas que eran.

—Aaaaa… ¡Eso era del tamaño de un melón! ¡Fue genial…! Casi muero abrazado a eso… tirado en el suelo de una calle de Calpheon… en medio de la nieve… —contestó Eru dirigiendo de nuevo la mirada a su amigo con una sonrisa boba, rememorando ese momento con nostalgia.

Bermer se lo quedó mirando. Solía ver a su amigo elfo no tan animado, más bien estaba acostumbrado a verle avergonzarse a cada broma que hacía o verse un poco serio cuando hablaba de ciertos encargos peligrosos que tenía que hacer usando su arco para ganarse el pan. Como mucho solo le había visto reír con su peculiar risita de elfito trasto cuando acababa ebrio después de una noche de cerveceo con él y sus otros colegas gigantes.

—Oye, Elfo… Te conozco desde hace ya décadas… ¿No volverás a Kamasylvia? Se te ve un poco… solitario.

Eru paró en seco su merienda, por alguna razón esa pregunta le hizo refrenarse incluso cuando estaba comiendo aguacate y bebiendo cerveza. Dirigió una mirada melancólica a Bermer, buscando qué palabras escoger, aunque ni siquiera sabía bien qué decirle.

—Me fui hace mucho… No encajo allí… —Hizo una pausa sin especificar mucho más. Conocía a Bermer. Era buen amigo, pero también sabía que era charlatán y había ciertas cosas con las que Eru tenía la manía (a veces una cruel manía) de guardarse lo malo para él solo. —Pero… aaaaa… Este último año conocí a unas amigas. Cuando… am… dejé los trabajos de mercenario para el Ejército de mierda-Calpheon, un día conocí a Carla y a Kai. Me ayudaron mucho… Ah, y a Trueno, claro. —Se llevó la jarra a la boca como quien no quería la cosa. Se manchó con un poco de espuma en una zona cerca de la comisura del labio como le suele pasar.

—¡Entonces ya no estás tan solo, muchacho! —El gigante parpadeó. —Espera, ¿Trueno?

—Un lobezno de Longifolia, donde vivo. Aaaaa… Lo rescaté hace unos meses.

El gigante asintió lentamente.

—¿No tienes a nadie esperándote en Grana?

Eru volvió a quedarse callado durante unos largos segundos.

—Tengo una hermana pequeña, Luth. Hace décadas que no la veo… Es mi persona favorita del mundo, aunque siempre estuvimos muy separados y… creo que al final nos acostumbramos a ello. —Quizá el elfo reconoció eso en voz alta sin pensarlo mucho. A veces le pasaba, era como una forma de superar a duras penas la barrera que formaba su timidez habitual.

—¿Por qué no la vas a ver? ¿Y tus padres? —preguntó Bermer, curioso.

—… mgh. Padre me enseñó lo que sé desde pequeño… Es un gran arquero —contestó Eru, dirigiendo una mirada a su arco con un semblante ahora serio. – Y siento que Madre sigue dando conciertos en Grana, es cantante, se dedica a la música... Eso… es todo.

Bermer decidió que quizá era mejor dejar el tema, aunque claro, Eru nunca fue un colega de los que hablasen mucho precisamente, seguramente fuese debido a esa soledad que vivió durante toda su vida. El bárbaro intentó animar el ambiente, aprovechando que ya pronto estaba cayendo el sol y se irían en breves.

—¡Bueno, Elfo! ¿Viste el tablón de anuncios en la plaza? ¡Hay una fiesta de Halloween!

Como a Eru le había caído un mechón de pelo en la cara se lo apartó para dejarlo detrás de la oreja izquierda, la que tenía visible.

—Halloween. Aaaaa… sí, lo vi, sí… En… aaaaa… ¿Granja Costa?

—¡Ahí es! Dicen que hay buena gente por esos lares.

—Aaa… eeee… ¿Tú no irás?

—¡No, hombre! Tengo que salir con los demás a Duvencrune esta misma noche.

—Aaaaa… Duvencrune mola.

—Mol… sí, claro, eso ¡Más te vale ir a esa fiesta y conocer gente nueva! ¡Te vendrá bien socializar! (Créeme que sí…)

Eru hizo un gesto de inseguridad. Se terminó su cerveza, y por supuesto su aguacate. Se puso en pie mirando al suelo, pues la noche se avecinaba y había dejado de llover; eso significaba que el encuentro con su amigo estaba llegando a su fin. Bermer hizo lo mismo dejando unas cuantas monedas de plata en la mesa y ambos se dirigieron a la puerta de la taberna.

—No sé quién querría conocerme. Aaaaa… no sé me da bien… —reconoció Eru una vez salieron afuera llevándose la mano a la nuca, todo cortado —pero… iré sí, le diré algo a Carla y a Kai.

—¡Verás cómo te gusta la fiesta! Pásatelo bien y ten cuidado con las rondas que te tomes —animaba Bermer mientras reía entre dientes mirándole —¡Nos volveremos a ver pronto! ¡No te caigas de un árbol!

El elfo levantó la cabeza. Dirigió una sonrisa cálida a su amigo. 

—Aaaa… tú tampoco caigas de una montaña, tío.

Era la hora de despedirse y ambos amigos sabían que iban a pasar un largo tiempo sin verse. Eru sabía que podría irse con ese grupo de gigantes a viajar libremente por el mundo de forma despreocupada, pero hace tiempo prefirió quedarse a trabajar y disparar a más de una criatura chunga con su arco, era alguna clase de deber que tenía, quizá relacionado con sus raíces (literal). Por otro lado, Bermer sabía que ese elfo era un buenazo que había pasado por muchas cosas, pero aún con esa timidez social era capaz de animar el ambiente con cierto sentido del humor del suyo. Compartieron muchas cervezas durante años cada vez que regresaban de sus largos viajes, habían disfrutado de muchos ratos de taberneo, habían incluso canturreado juntos, pero ahora tocaba otra despedida.

—Anda, Elfo —Bermer extendió sus brazos para recibirle, aunque ni siquiera Eru se había movido del sitio aún. Este se quedó mirándole bajando la mirada y en seguida se le acercó a darle un fuerte abrazo. Bermer lo correspondió, a su juicio con menos fuerza.

—Cuídate —deseó Eru, intentando no morir asfixiado con el achuchón de su amigo.

—Tú también, orejas picudas. Búscate una manada con la que disfrutar de la vida, no seas un lobo solitario.

Eru se quedó mirando a la nada pensando en eso, dándole vueltas. Ambos se separaron del abrazo y se despidieron alzando la mano hacia el otro con una leve sonrisa. El elfo se quedó quieto un largo rato hasta perderle de vista (y sí, eso en caso de Eru era mucho rato), y por fin caminó por la calle principal de Heidel. Iría a esa fiesta de Halloween de la que tanto hablaba la gente. Total, ¿qué podía salir mal?

 

🥑🏹⚡ — Far from home (The Raven) • Sam Tinnesz : https://www.youtube.com/watch?v=e3JfZSLqKAs&ab_channel=LuuliG

 

 

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