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☥ Anubis ☥

10 de octubre de 2021 del calendario g̶r̶e̶g̶o̶r̶i̶a̶n̶o̶  elioniano o̶ 1̶4̶4̶3̶ ̶d̶e̶l̶ ̶v̶a̶l̶e̶n̶c̶i̶a̶n̶o̶

 

Era un día de esos en los que la patrulla había cazado a un maleante correteando por la calle de los comercios, o eso tenía entendido el comisario de la ciudad de Altinova. Él junto a más hombres abrieron la puerta de la sala de interrogatorios y el susodicho malandrín estaba atado a la silla con una bolsa de tela cubriéndole la cabeza.

—Por su apariencia y acento diría que es valenciano, señor… —mencionó el guardia cuando miraban hacia él; y sin quitarle el ojo de encima, se acercó al oído del comisario comentando algo más con cierto aire cansado y molesto, y no ha callado desde que lo atrapamos.

El jefe suspiró y creyó haber escuchado un “¡Eh! ¡Que alguien encienda la luz!” bajo la bolsa de tela. Se aproximó observando al individuo. Era moreno de piel, ataviado con ropas de lino blanco, una vestimenta bastante común en el Desierto Negro, aunque a decir verdad no era precisamente la favorita de la gente de bien, de hecho se apreciaba que estaba bastante usada, como si no tuviese otra muda. Algún que otro detalle terminaba el sobrio decorado de los ropajes, acompañándose de algunas piezas de cuero como los mitones, el cinturón y ese pequeño bolsito a la cintura. Hay quién diría que incluso pudiera ser un sacerdote, sin embargo lo corta que era aquella camisa haciendo que llevase el ombligo al aire no era muy propio de los clérigos de Aal. Por su constitución parecía un chico joven acabando la adolescencia, y de los que corrían rápido, desde luego, pero también algo delgado. No parecía comer mucho.

Entonces un guardia tomó el extremo de la bolsa de tela y la levantó hacia arriba. Para sorpresa del comisario, se oyó el sonido de unas cadenas con varias piezas metálicas. Aquel ladrón tenía un colgante rodeando su cabeza con varios amuletos de extrañas formas. Su cabello era una oscura melena lacia que llegaba hasta los hombros, bastante desaliñada y desordenada, recogida en media coleta. Tras parpadear unos momentos para acostumbrarse a la luz, se pudo apreciar que sus ojos eran de un ámbar poco común, rodeados por densas pestañas casi como si se hubiese maquillado con kolh alrededor de los párpados. En general parecía exótico; quizá no era de la capital, tal vez era de una tribu del desierto, o se trataba de una mezcla de razas no muy clara. También destacaba bastante en su rostro una cicatriz con forma de corte, justo en la mejilla de su izquierda, de hace ya un tiempo aparentemente.

—Joder, ya era hora~ —comentó el muchacho con un tono de voz ciertamente despreocupado para verse en la situación en la que se encontraba.

—Soy Amirr, el comisario de Altinova. Se te acusa de los delitos de hurto, injuria, desobediencia a la autoridad…

—Hey, hey, hey. Eso de injuria es dramatizar todo esto un poquito ¿No crees? Yo no me he metido con nadie, solo… hablaba. En plan bien, me refiero.

—Se te ha visto robar no una sino dos piñas. Y un aguacate.

—Vaaamos~ Si se las pagué al vendedor. Lo que pasa es que… no se acuerda —comentó el valenciano como si no fuese nada, encogiendo los hombros, aparentemente relajado.

—Creo que se hubiera acordado de alguien como… tú, alfeñique —intervino uno de los ceñudos guardias que flanqueaban la silla.

El valenciano miró hacia ese guardia esbozando una sonrisa ladina, alzando la comisura del labio a un lado. Hablaba con desparpajo, pícaro, como si no fuera a callarse ni debajo del agua. Cerró un ojo volviendo a contestar:

—Venga, majote~ Sé que sigues picado por esa broma. Hemos jugado al pilla-pilla y ya te he pedido perdón~ ¿Por qué eso no es suficiente?

—Aal castiga los hurtos y la desobediencia.

—Reconozco que la obediencia es una de las virtudes de Aal que peor se me dan —comentó el chico rodando los ojos. Cuando volvió a mirar hacia ellos puso morritos y cara inocentona, teatrero a decir verdad. —Pero no creo que sea para tanto. No ha caído ningún rayo de nuestro señor dios ni nada por el-

—¿Te atreves a blasfemar sobre Aal, bastardo? —le cortó el guardia endureciendo el semblante.

—Om… Pues… nop —contestó el muchacho alzando una ceja mirando al hombre. —De hecho le quiero un montonazo.

—Un poco de calma por favor —pidió el comisario Amirr al guardia, volviendo a mirar al valenciano como si fuera el individuo más sospechoso con el que se encontró en años —¿Te has fijado en esos colgantes en la cabeza? Bien podría ser de una secta que ha venido a cometer fechorías.

—¿¿Qué?? ¡No me jodas!

—¿Quién eres? ¿Quién te envía?

—¡Yo soy yo y me envío a mí mismo!

Un segundo guardia simplemente sacó la espada. El moreno miró la hoja curva de aquel shamsir algo más alarmado.

—Bueeeeeeeeeno… ya que estáis interesados os contaré mi vida, va.

El comisario, interesado, entrecerró los ojos observando al chico mientras hablaba.

—Soy de Valencia. De Valencia capital, de toda la vida. Estoy viajando solo. Hacia el oeste. Quiero ir a visitar… a un familiar.

—¿Un familiar? -—preguntó el primer guardia arqueando una ceja y resoplando. No se lo creía.

—Sí, bueno… Am… —Por unos momentos a ese muchacho se le iba borrando la sonrisa, volviéndose algo más serio, como si aquel tema de conversación lo requiriera. —Verás, me quedé un poco solo en la ciudad ¿sabes? Recién cumplí 18 hace un par de meses y decidí que… ¡bueno! ¡que ya iba siendo hora de ir a ver a ese am… familiar! No le conozco mucho pero… tengo que encontrarlo.

Se hizo silencio en la sala. Demasiado misterioso. Demasiado.

—No sé cómo vas a tener un familiar en la zona continental. Y no has dicho tu nombre.

El chico dirigió una mirada como quien quisiera ocultar algo, sin embargo se presentó a sí mismo con toda la sinceridad que sabía ponerle.

—Anubis.

Algunos guardias arquearon la ceja por aquel curioso nombre. Parecía antiguo, de esos nombres anticuados que ya no se utilizan. Otros ni se inmutaron. Les daba igual cómo se llamase un donnadie.

Anubis paseó la mirada por aquellos hombres. Era exactamente la misma sensación que experimentó durante todos sus años en Valencia. A la guardia, a la gente con un hogar, con amigos y con un plato que comer cada día no les importaban en absoluto aquellos que vivían en la calle y no tenían nada. Más bien les trataban como si fueran de una clase inferior, sujetos a los que poder pisotear a diario si a uno se le antojaba. Bien lo recuerda gracias a cada una de sus cicatrices, heridas y moratones, memorias de cada una de sus peleas callejeras o de algún que otro guardia que se la tenía jurada desde que el nombre de “El Chacal” empezó a ser conocido por el bazar. Sí, desde luego las cosas se habían torcido desde que Ma se fue…

Justo cuando su expresión se iba amargando visualizando pensamientos como si de espejismos en el desierto se tratasen… volvió a esbozar una sonrisa ladeada mirando al comisario. Entrecerró los ojos con expresión traviesa y entonces levantó las manos enseñando las palmas. La cuerda que le había estado atrapando sus muñecas se fue cayendo poco a poco resbalando por sus antebrazos hasta caer al suelo. Los guardias se quedaron atónitos mirándole sin saber cómo reaccionar.

—Ha sido un placer conoceros, majotes~ Pero va siendo hora de que me las pire —comentó sonriente, en efecto, pedante, moviendo los dedos de las manos como si acabase de realizar un truco de magia.

Y, bueno, lo típico en estas situaciones. Justo en ese momento todos los allí presentes decidieron sacar sus espadas alzándose amenazantemente contra el valenciano. Y eran muchas. Incluso había un guardia que sacó dos. Anubis cruzó los brazos sin perder su sonrisa ladina tan característica mirándolos. 

—¡Te arrancaremos esa lengua que tienes para que te calles de una vez, tunante! —farfulló uno de los guardias.

—Oh, no, gracias. La tengo aprecio ¿Cómo si no iba a saborear los dátiles?

Porque sí, lo cierto es que los guardias no le habían pillado robando dátiles además de las piñas y el aguacate. Cuando Anubis subió y bajó los hombros, el tiempo casi empezó a pasar a otro ritmo. En un abrir y cerrar de ojos, el moreno se agachó y se deslizó arrastrando la parte lateral de las botas contra el suelo para pasar por debajo de las piernas del comisario. Y los valencianos y los mediahnos tienen algo en común entre tantas cosas: siempre nombran comisario al tipo más alto y ancho… y al más lento.

Entonces el silencio de la calle se extinguió tras el sonoro grito de “¡COGEDLE!”. Una de las ventanas del edificio de la guardia se abrió de par en par y el chico saltó para acabar en el tejado del edificio vecino más cercano, que gracias a Aal era un tanto más bajo. Fue un gran salto, pero controlado. Cayó sin problemas, ágil, flexionando debidamente las rodillas. Anubis giró la cabeza para echar un ojo hacia la ventana por la que saltó con una sonrisa triunfal. Les sacó la lengua y echó a correr por el tejado de aquel edificio, escapándosele una risilla debido al subidón de adrenalina. Cuando llegaba al final, esbozó una sonrisa confiada y, tras un último sprint final, pegó de nuevo otro salto, dispuesto a caer en el tejado siguiente… pero mierda, calculó mal esa vez, ¡no eran las casas de Valencia a las que estaba acostumbrado!

—¡AAAHK! 

Abrió más los ojos y luego los cerró temiéndose lo peor. Entonces terminó cayendo en… algo muy muy blandito. Era un sofá dejado por Aal o algo, menos mal. Poco a poco se fue incorporando frotándose un poco la cabeza y palpándose algunas zonas del cuerpo como quien quisiera comprobar que seguía entero y todo estaba en su sitio. Suspiró aliviado y por fin observó a ver dónde puñetas había caído esa vez. Al menos había detectado un olor a incienso de jazmín bastante agradable… Tres mujeres y dos hombres estaban mirando hacia él. Totalmente y absolutamente sin ropa.

— Eeeer… ¡AH! ¡Otra vez no! —espetó Anubis tapándose los ojos y enseñándoles la palma de la mano, muy cortado. Poco a poco sus mejillas se iban enrojeciendo.

Aunque tardaron en reaccionar, una de las chicas fue la primera en espabilar.

—¡¿Pero tú de dónde has salido?!

—¡¿Dónde está la salida?! ¡No pienso volver a bailar ninguna danza del vientre! —comentaba el nervioso y ruborizado valenciano, mirando de un lado a otro para tratar de irse lo más rápido posible de allí.

Los allí presentes pusieron cara interrogante sin haberle entendido ¿Quién iba a saber que una de las veces en las que el ladronzuelo huía de la guardia de Valencia (la 1234ª vez) acabó en un cuarto de burdel repleto de compañías exigiéndole un baile folclórico a cambio de su silencio por su paradero?

—¡GUARDIA! ¡AQUÍ!

—Jodeeeeer —maldijo dando media vuelta. Sin pensárselo dos veces, pilló uno de los baklavas de la bandeja que había en la mesita cercana a él, un tipo de dulce valenciano hecho con frutos secos y miel, y se lo zampó de un bocado, ya que estaba, aprovechando la ocasión. Se dirigió a la barandilla de la terraza.

—¡Pero será golfo! —protestó uno de los chicos.

Anubis miró hacia él y le sacó una peineta con la diestra. Probó a tirarse de la terraza ¡A ver dónde acababa esta vez! … Pues en un carro lleno de estiércol —Aaaaaj… mierda. —Nunca mejor dicho. 

Al encontrarse de nuevo en la calle se alarmó y bajó raudo del carro. Tomó su capucha con ambas manos y se la puso para cubrirse la cabeza. Acto seguido terminó por escaquearse por una de las callejuelas más estrechas que encontró, donde no llegaba la luz del sol y podría camuflarse de sus perseguidores. Tras dar varios pasos hacia atrás en medio de la penumbra, asegurándose de que ya nadie le seguía, se topó con algo de espaldas. Se giró y encontró a un par de hombres. Uno más grande que el otro. Por su vestimenta no era de extrañar que fuesen… bueno, como él. Pero de los que iban armados con navajas. 

—Vaya~

—Al parecer has sabido burlar a la guardia bien, novato. Nos gustaría que compartieras el botín con nosotros.

Anubis arqueó una ceja. Novato. Pf. No tenían ni idea~ Pero llevaban armas blancas. No tuvo otra que tomarse aquello algo más en serio, atento para ponerse a la defensiva a la par que ellos le iban comiendo terreno y se mostraban amenazantes. Arrugó un poco el entrecejo, apretando los puños. Les estaba juzgando y la cosa no pintaba bien. 

—¡Noup! —¿En serio iba a esperar a darles la oportunidad de que manejasen sus armas? ¡Ni de coña! Le golpeó con un gancho de derecha en el moflete al mayor, con cierta contundencia. 

—¡Pero serás-! —exclamó el otro, el menor, arremetiendo contra Anubis.

El valenciano se echó a un lado como buenamente pudo, esquivando el brazo con cuchillo de aquel hombre. Siendo honestos, Anubis no es que supiera pelear empleando una diestra técnica de combate. Solo sabía usar los puños con base en su propia experiencia. Pasó por muchas escenas parecidas en las calles de la ciudad del desierto y no le fue muy mal, de lo contrario no estaría allí donde estaba. 

Bien es cierto que dos contra uno era complicado. Tenía que tratar de dejar inconsciente a uno de ellos bien pronto. O acabar huyendo. También sería mejor ofrecerles una danza del vientre e irse de vinoteo de dátiles por allí con ellos pero esa no sería la ocasión por desgracia. Se enzarzaron en una pelea que si hubiese llegado a ser vista por cualquier instructor de habilidades le hubiera sangrado los ojos. Bastante sucia y deplorable ¿Los puñetazos y las patadas? Valían ¿Coger rocas del suelo y lanzarlas? Valía ¿Tirar del pelo al otro? Sí, valía ¿Morderle el brazo? En efecto ¿Escupirle? Por supuesto ¿Pegarle un rodillazo en la entrepierna? Los que quieras. Otra muela rota era mejor que acabar apuñalado y tirado en medio de ese callejón sin salida. Tampoco sería la primera vez, pero sería mucho mejor evitarlo. 

En cierto momento Anubis se vio bastante agotado y acabó estampado contra la pared, respirando de forma agitada y dolorido con nuevos moratones y heridas. El mayor de los dos delincuentes preparó su navaja.

—Debiste habernos hecho caso. No eres más que un payaso olvidado en un lugar al que a nadie le importa. Seguro que eres el hijo de una madre que-

Resonó un gruñido por parte de Anubis y le asestó un fuerte guantazo que le hizo ver las estrellas. Se cabreó de verdad. Escupió un gapo hacia el suelo.

—¿Que mi madre qué, gilipollas?

El menor era menos fuerte y "el chacal" le apartó de una patada. Tomó algo del suelo: una vieja botella de vino rota, o al menos lo que quedaba de ella. Anubis tenía una expresión de perro rabioso gruñéndoles, como si en cualquier momento fuera a ponerse a ladrarles y a morderles.

—Grrrrrr. Se acabó —sentenció él. 

Una vez Ma le habló de un antiguo mito kemetiano, de la tribu original de ella, de una balanza que pesaba el corazón de una persona que quería ir al Paraíso y tenía que ser más liviano que la pluma de una diosa; de lo contrario, su alma se vería devorada por una antigua bestia parecida a un cocodrilo. Y a su juicio los corazones de esos dos pesaban mil veces más que la pluma.

El mayor aún estaba mareado y el otro sobrepasado por el dolor de la pelea. Anubis alzó la botella y… se quedó parado. Bajó las cejas cuando su expresión cambió de la del perro rabioso a la del cachorro asustado y apenado. Miró el cristal de la botella que sostenía, apreciando el reflejo de su rostro. Estaba hecho un desastre. Manchado de estiércol, los nudillos estaban enrojecidos y con rozaduras, sangrando levemente. Apretó los labios pensando en una de las cosas que le dijo su Ma cuando empezó a meterse en peleas callejeras. “La violencia no te llevará a nada bueno, Anubis. Llegará el momento en que te des cuenta de que no querrás convertirte en esa clase de persona. Toma conciencia de ello antes de que sea demasiado tarde…”, le había advertido.

Sabía que por su ascendencia no-aalista, su condición y sus robos iría al infierno cuando se le acabase el tiempo de todas formas. Pero no quería ser alguien así. Por su bien, por el recuerdo de su madre… ni quería ni podía. Tiró la botella a un lado y, al estrellarse contra el suelo, se despedazó en fragmentos de cristal. Dio media vuelta y se fue de allí.

—Uf~ Qué profundito ha sido eso. Veamos cuál es la siguiente parada…

Se llevó la mano a la espalda, afectado entre tantas leches recibidas. En algún agujero que tenía en esa camisa parecía verse algún que otro tatuaje de color ocre con formas jeroglíficas, pero no se podía saber cuál sería su extensión y qué podrían representar.

Justo en ese momento había unos comerciantes hablando en la taberna de al lado. Pronto estos marcharían de vuelta a Heidel con su carromato de mercancías… Quizás esa ciudad pille cerca de esa llamada Calpheon. No estaba seguro pero no le vendría mal colarse ahí de polizón. Uh~ Planazo.

𓃢 — Immortals - Fall Out Boy: https://www.youtube.com/watch?v=oRretswveCI&ab_channel=RyanAinsworth

"I'll be the watcher of the eternal flame
I'll be the guard dog of all your fever dreams

I am the sand in the bottom half of the hourglass"

𓂀 — Dark Horse - Awake Again (Katy Perry ft. Juicy J cover): https://www.youtube.com/watch?v=pEaK-4LEJqk&ab_channel=AwakeAgain-Topic

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